¡Viajes del corazón!

Viajar puede ser un aliciente para el corazón… como cuando vibra ansioso, cuando no quepa en sí mismo y las fronteras recorridas comienzan a sonar a una rima sin melodía. Cuando duele, cuando pena una ausencia o rehúye a una presencia… Sean corazones silentes o grandilocuentes, todos necesitan en algún momento el bálsamo del movimiento, del cambio, del desafío que propone lo desconocido.

Si sabré que un viaje a tiempo puede salvarme de lágrimas, que goza de la virtud del instante reflexivo y que puede reconciliarme conmigo misma en algún páramo del camino. Porque transportarme en el espacio posee el don de ubicarme de nuevo en mi eje, de brindarme el abrigo de la diversidad y el milagro de poner en perspectiva mis propias creencias.

Con todo, incluso debo reconocer que puede movilizar decisiones imposibles y revelar heridas. Y es quizás por esta capacidad sensible y delicada que he descubierto lo mucho que disfruto de las travesías. Me susurran enseñanzas de esas que paso años intentando aprehender, y en mi humilde experiencia son los momentos que más se acercan a la virtud inmanente del agua… la sabiduría. En su avance incansable, simplemente siendo, amoldándose al ambiente, interactuando con los obstáculos y cambiándolos en el proceso, nutriendo y purificando a su marcha…

Probablemente me esté yendo de tema. :) Porque empecé a escribir este relato como forma de perpetuar aquello que volví a recordar con mi último viaje… que nunca volvemos a ser los mismos. Estamos en un tránsito imperceptible que jamás se detiene, sea a través de la distancia o del tiempo. La única diferencia que he descubierto es que desplazarse de manera consciente, planificada o espontáneamente, despierta en nosotros inquietudes, emociones y recuerdos que aceleran un poco el proceso. ¡Bienvenidos al caos maravilloso de vivir! A todos los corazones lectores, viajeros y curiosos, un cálido abrazo desde lo más profundo del mío.

26 agosto, 2015