Primeros recuerdos…

… ¡de mi entrenado amor por viajar!

¿Relatos familiares? ¿Propios? Lo se… ¿a qué viene la pregunta? Quizás sea por el descubrimiento de esta tarde de escritura… mientras que para muchos viajar largas o cortas distancias, es tanto un ocio, un deber o un deseo a cumplir, en mi historia se acerca más a una forma de vivir. Y sin saber si fue producto de una elección personal o fruto de aquello que muchos llaman “destino”, lo que rescato en esta oportunidad, es que no me imagino mis años vividos de una forma más placentera. Incluso con mi cuarto de siglo y algunas chirolas encima, todavía me asombro ante el hecho de que duermo mejor en el camino y en movimiento, que en mi propia cama. Hay algo profundamente relajante en el balanceo incesante, intenso o imperceptible, del vehículo que se impulsa a través del tiempo y la distancia…

En retrospectiva, mi carácter viajero se forjó y decidió cuando era una niña de algunos pocos meses y años de edad. El primer arrullo que conocí para calmar mis berrinches y resistencias a dormir, fue el sencillo recurso de conducir alrededor de la cuadra. También recuerdo las aventuras de cuatro horas en ruta hacia la ciudad más cercana para hacer compras comunitarias en tiempos de hiperinflación. Y aun cuando resulta difícil rastrear con precisión los primerísimos recuerdos y sensaciones de viaje, me siento confiada en comunicar que siempre hubo música en ellos. Eso, y algo para ir comiendo. Así, conformo mis tres placeres confesos. Una viajera infatigable y melómana con algunos kilitos de más. :)

De mis primeros años de infancia, y en especial del sur de nuestro hermoso país, aprendí que las rutas son rectas interminables e implacables, y que si corre (¿cuándo no?) viento, al abrir la puerta del vehículo se la sostiene con considerable fuerza. De aquellas travesías recuerdo siluetas en las nubes, mis compañeras silenciosas, y el sonido de mi campera “rompe-viento” (original el nombre… dudosa su credibilidad) debatiéndose contra mi pequeño cuerpecito al son del viento zonda.

¡Ilustración magistral de Ayu García!

Con todo, dudo que en esos años me haya portado bien durante tooooda la extensión de los viajes hacia el punto neurálgico de mi vida, tierra que me vio nacer… Córdoba. Por ello, se unió la necesidad con la creatividad para crear juegos “móviles” que entretuvieran por 15 o 20 horas a una niña rehén sobre cuatro ruedas. Cambiantes, con sutiles ventajas para mis contrincantes parentales y coronados con risas sonoras, dichos inventos lúdicos iban desde el clásico juego de las patentes hasta la impresionante habilidad de adivinación de los colores de próximos autos de mi papá…

No tengo intención de ser muy extensa, ya que confieso que son incalculables las emociones y experiencias vividas en movimiento. Sólo quería dar el primer paso, el primer contacto… la prueba piloto.

Viajar es un acto reflejo para todos y cada uno de nosotros. Y lo hacemos a diario, en distintas formas y colores. Lo esencial, diría “El Principito”, es invisible a los ojos… Más no lo es para el corazón entrenado que todo lo percibe. Caminemos un solo día permitiéndonos asombrarnos. Confío en que de esos viajes inesperados, provienen los momentos más cálidos… Dense una oportunidad. Ese, indiscutiblemente, es un viaje de ida…

9 julio, 2015